Entre
Manuel González Prada y
César Vallejo, a los peruanos nos nació José María Eguren, el único poeta que es capaz de compartir preferencias en los escritores posteriores con el propio Vallejo. Nacido en 1874 y muerto en 1942, cuando falleció había sido nominado integrante de la
Academia Peruana de la Lengua, tenía una obra sólida en poesía y prosa y era reconocido como un artista con múltiples intereses, pues era aficionado a la pintura y a la música y tenía la curiosidad del artesano que fabrica sus propios instrumentos, desde objetos de papel o cartón hasta máquinas fotográficas. En poesía hay un aire de familia entre José María Eguren, los románticos alemanes,
Novalis en especial, los vates simbolistas franceses y los poetas crepusculares italianos. Si hubiera que escoger algunos, con los que el parentesco es más visible, estos serían
Verlaine y Mallarmé. Comparte con el primero la afición por el matiz, el encantamiento de las ciudades en el otoño; mientras en Verlaine sentimos la lluvia cayendo sobre los techos de París, en Eguren hallamos la construcción de un espacio con palabras como no había ocurrido en la poesía peruana, añadido a la realidad, como lo pediría
Vicente Huidobro; y hallamos también, escondido, de ninguna manera explícito, el paisaje neblinoso de
Lima. Pero con Mallarmé comparte algo más profundo e intenso: la concepción del poeta como un artista que tiende su mirada a otras artes, que en todas las horas de sus días está consagrado a su oficio.
José María Eguren publicó los libros de poemas Simbólicas (1911) y La canción de las figuras (1916). Uno de sus más devotos lectores,
Estuardo Núñez, estudioso de la literatura peruana, editó en 1929
Sombras y rondinelas, libro que recogía la producción lírica inédita de Eguren. Hogaño debemos a
Ricardo Silva-Santisteban las ediciones más cuidadas del célebre vate.
Eguren fue en vida un poeta respetado, pero poco leído; la música de su poesía apenas se escuchaba en esos momentos de auge civilista. Parecía, ya en ese momento, un poeta del pasado que poco tenía que ver con el Perú de progreso y tecnología que daba la impresión de abrirse paso entonces. Algunos espíritus avisados,
José Carlos Mariátegui en sus Siete ensayos (1928), o
Jorge Basadre en su libro Equivocaciones (1928), supieron ver la entraña simbolista, el manejo maestro del verso que tenía Eguren. Su inspiración más profunda tiene una fuente personal. Los temas de que habla en su poesía provienen del mundo del ensueño, de la duermevela, del país maravilloso y a veces terrible del inconsciente, de las alucinaciones personales, de la fina garúa limeña. Y ese mundo aparentemente nada tenía que ver con lo que ocurría en el Perú que le tocó vivir y poco tiene que ver, también aparentemente, con el Perú de nuestros días.
Ya entonces Eguren parecía un hombre de otra época. Sin embargo, Eguren expresaba y expresa una difícil contemporaneidad, una secreta concordancia con una aspiración sempiterna de los hombres: dar libre curso a los sueños. En su época tuvo una asombrosa isocronía, que nadie ha subrayado hasta ahora, con el psicoanálisis y una coincidencia con una aspiración de la literatura de todos los tiempos: ampliar el campo de la realidad.
Freud fue un pionero de la modernidad. Pone entre paréntesis los conocimientos más sólidos y propicia aquello que se ha llamado un realismo sin fronteras. De parecida manera, en el campo literario Eguren nos dijo, nos está diciendo todavía, que la realidad no es, no puede ser solo aquella que describían los versos de
Chocano; la realidad era —y es también— la sonámbula, la fantasmagórica, la evanescente del mundo de los sueños.
Eguren cultivó sus versos de manera esmerada, con un gran conocimiento de los recursos técnicos (distribución de acentos, aliteraciones, conteo de sílabas, rimas, versos blancos), con una maestría inigualable en el siglo XX. Naturalmente, no es este dominio formal el que convierte a Eguren en un gran poeta. Él lo es porque cumple una vieja ley de la poesía de todos los tiempos: su poesía, musical en el mejor sentido del término, tiene un tema central rítmico y numerosas variaciones que van acomodando su armonía a una polisemia de resonancias muy variadas. Es concentración. Dice más con menos palabras.
En el Perú de hogaño, como hemos venido diciendo, pareciera que no hay lugar para la poesía de Eguren. La lucha diaria es muy dura para la mayoría de los peruanos. Aparentemente hemos perdido el derecho de soñar, de perdernos en nuestra propia, enfebrecida imaginación. Por eso mismo, la poesía de Eguren aparece como un contraste necesario. Reivindica el derecho de soñar, la aspiración a que no pase nada, precisamente para que pase mucho, para que en lo que nos ocurra haya algo de elección personal.
Cuando Borges pensó en el Perú lo asoció a MachuPicchu, la vasta reliquia de piedra en la montaña; a un patioenrejado y de fuente; a una línea de José María Eguren. Ese país sutil, esa niebla que envuelve las palabras, ese encuentro con lo más hondo de nosotros mismos, es algo que necesitamos cada vez con más urgencia. Cuando lo tengamos, Eguren será reconocido como uno de los más ilustres peruanos.
Algunos poetas jóvenes se acercan a Eguren porque su poesía es un abismo, un camino a lo ignoto, una rememoración de lo ancestral intuido y el mundo de los sueños. Y los jóvenes comparten ese misterio con la admiración por Rimbaud, con los recitales ruidosos y los amores centelleantes. Eguren es silencio, es palabra que nos lleva a «la niña de la lámpara azul», a los «reyes rojos» que «batallan en lejanías de oro azulinas», es adormido cielo, luz cadmio; es, o parece ser, el pasado remoto.
Eguren marca, a principios del siglo XX, una manera de escribir asordinada que iba contra la corriente, contra todo lo que es estridencia, patetismo vacuo. Eguren fue el no Chocano, la no estridencia, la separación, la distancia. El Perú, que casi no tuvo poesía de calidad en el siglo XIX —salvo González Prada, verdadero fundador de la poesía contemporánea en nuestro país— tuvo en Eguren a un abanderado de los valores eternos de la lírica.
Puede conjeturarse que la rueda de la fortuna literaria, en el futuro, volverá sus ojos a Eguren por múltiples razones, porque una línea suya nos simboliza tan bien como un huaco Chimú o una
tela Paracas. Eguren es el Perú sutil, neblinoso, la palabra dicha a media voz, el Dios familiar que prende en la noche una luciérnaga llamada esperanza. Clasificar literariamente a Eguren siempre ha sido difícil. Algunos como
Per Gimferrer lo consideran modernista y es con ese calificativo que aparece en la mayor parte de las antologías. Luis Monguió lo incluyó entre los posmodernistas y se han perdido en el tiempo aquellas opiniones que lo calificaron de infantil. Nuestros modernistas clásicos tuvieron algo del empaque parnasiano, ese carácter enfático de los poemas de Chocano que está muy alejado de la sensibilidad de Eguren. De otro lado, Eguren no comparte con
Valdelomar, otro escritor característico de la época, las referencias específicas a hechos callejeros o a lugares del Perú. Eguren es un simbolista y es hora de considerarlo de manera clara como tal, tal como lo hace
James Higgins, aunque en ningún país de Hispanoamérica surgió ese movimiento. Lo que los poetas posteriores aprendieron de José María Eguren fue la dedicación al oficio. Solo en ese aspecto le corresponde el calificativo de «claro y sencillo» que le da
Carlos Oquendo deAmat. Poetas de generaciones siguientes le rindieron homenaje con rotundidad:
Westphalen,
Abril,
Sologuren,
Eielson, Silva-Santisteban,
Cisneros,
Rojas Adrianzén. Otros hechos, en los que poco pensamos, contribuyen a subrayar la presencia de Eguren en la sociedad peruana, el lugar preferente en los planes y programas escolares y universitarios, y las ediciones cada vez más cuidadosas de sus poemas.
Eguren es un poeta simbolista, lo ha dicho Higgins, porque no describe directamente sus ideas y emociones mediante comparaciones explícitas, sino sugiriendo lo que son esas ideas y emociones, recreándolas en la mente del lector mediante símbolos inexplicados. Los modernistas de cepa original tenían, como lo dijo alguna vez
Leonidas Yerovi, sus japonerías aprendidas a
Rubén, y también algunos vanguardistas, Vicente Huidobro, por ejemplo, construían pagodas con palabras. Es duro decirlo, pero esa era la parte más superficial del modernismo, movimiento de tantas maneras admirable, ahora mismo. Eguren, en cambio, en su proceso de desrealización escoge caminos poco hollados: va al oriente, sí, pero también a países nórdicos o a un pasado medieval, como lo ha subrayado otra vez Higgins. Como en el caso de la mayor parte de los modernistas, Julián del Casal, por ejemplo, Eguren no conoció los países aludidos, pero la diferencia está en que los modernistas, si bien no habían ido al Japón o a China, salvo
Enrique Gómez Carrillo, se referían directamente a esas realidades. Casal «quiere» hablar del monte Fuji y lo hace. En cambio, los símbolos de Eguren, extremadamente concisos, no dan pábulo a interpretaciones certeras o siquiera aproximadas. Sus poemas sí son una buena materia para las interpretaciones de textos, como lo ha sostenido Ricardo Silva-Santisteban, pero esas interpretaciones de sus textos, más que en el caso de casi todos los poetas peruanos, tal vez con la solitaria excepción de Vallejo, serán siempre provisionales.
Puede decirse que la poesía de Eguren intensifica una condición que siempre tiene el texto literario: ser un lugar de encuentro donde cada lector con su propio bagaje encuentra nuevas realidades. Poesía que aunque está fija en el texto está siempre haciéndose con la colaboración activa de cada lector, de manera similar al discurso de la libre asociación de ideas que popularizó Freud y que necesita para su cabal comprensión de la atención libre flotante del lector. Imaginamos a Eguren como un Peregrín de figuras que con ojos de diamante mira desde ciegas alturas, mientras a lo lejos, firmes combaten foscos los reyes rojos con sus lanzas de oro.
Comentaremos ahora, uno de los poemas de José María Eguren: