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Sunday, July 27, 2014

"CALIGRAFÍA CHINA" POR MARCO MARTOS


"CALIGRAFÍA CHINA"
Poemario  escrito por el Dr. Marco Martos  se presentará en la  Feria del Libro de Lima, en la sala Blanca Varela, el día 28 de julio a las 5.p.m. Dirigirán la palabra Julio Fabián y Saúl Peña.



La historia de la humanidad según la tradición zenLa historia de la humanidad según la tradición zen



La Emperatriz mandarina pidió a Wang Wei, quien era muy joven,
que escribiese la historia de la humanidad. El poeta midió sus fuerzas
y convocó a numerosos eruditos para participar en la tarea.
Los estudiosos demoraron veinte años en la preparación de la obra.
Marcharon al palacio real con quinientos volúmenes
trasladados por mil pobladores en filas ordenadas.
Parecía interminable el impresionante cortejo
de papeles, cargadores, eruditos, mapas, teodolitos, telescopios,
un verdadero ejército del saber humano.
La Emperatriz mandarina tenía cincuenta años
y junto con su agradecimiento se lamentó:
No tendré tiempo de leer este vasto esfuerzo. Tal vez un resumen
se adecuaría a mis reales posibilidades, y me sería muy útil.
Wang Wei y sus colaboradores se retiraron contritos 
y empezaron a condensar esa suma de conocimientos.
Demoraron quince años en volver al palacio con cinco libros
que ellos mismos llevaron sin ujieres ni soldados.
La Emperatriz mandarina los miró compasiva y les dijo:
soy una mujer mayor, estos ejemplares siguen siendo demasiados.
Wang Wei y los eruditos volvieron a la tarea y regresaron al palacio
diez años más tarde y lo encontraron en revuelo
pues la Emperatriz mandarina se encontraba mal de salud,
rodeada de médicos herbolarios, asistentes y  enfermeras,
familiares y centenares de mandarines que adivinaban
la posible pérdida de los privilegios ganados a lo largo de tantos años.
Wang Wei obtuvo permiso para allegarse a la cabecera de la valetudinaria
y, finalmente, pudo dirigirle la palabra:
el ser humano nace, crece, se reproduce, sufre y muere.
La Emperatriz mandarina dijo que sí con la cabeza y sí con el corazón.
Una sonrisa le disputó a la muerte el instante final.
El entierro de la Emperatriz mandarina fue magnífico:
acudieron Wang Wei, quinientos eruditos, innumerables cortesanos,
miles de pobladores y trescientos mandarines ciegos que no paraban de llorar.
Otros, en medio de las nubes de incienso de rosas, atendiendo las enseñanzas de Buda, consideraron que la muerte de la Emperatriz mandarina era un hecho normal.

Estrecho

Desde los acantilados
amarillas tortugas y peces azules
se ven tan cerca que parece que se tocaran.
Hay rojos cangrejos en las hendijas de las rocas.
Pálido pero sereno, guiando mi barca
en las tinieblas de la noche,
cruzo los rápidos torbellinos
para llegar ante tus ojos.

Estrecho

Desde los acantilados
amarillas tortugas y peces azules
se ven tan cerca que parece que se tocaran.
Hay rojos cangrejos en las hendijas de las rocas.
Pálido pero sereno, guiando mi barca
en las tinieblas de la noche,
cruzo los rápidos torbellinos
para llegar ante tus ojos.


Marco Martos
Li Po, anonadado


¡Qué delicia!
la acompasada respiración de tus pechos
en la cálida noche del verano,
el fulgor de la luna solitaria en la bóveda celeste,
el rápido subir de las nubes
a las cumbres de la montaña,
y tus ojos negros, dama Lu, rasmillones de luz
en la oscuridad de los árboles,
y tu risa de pájaro anunciando los comienzos
de la eternidad en la tierra,
¡qué delicia!



Decires de Confucio
por Marco Martos

Consumí mi juventud leyendo libros
y atisbé la independencia
poniendo coto a mis deseos,
dejé de dudar cuando maduré y conocí mi suerte
bastante parecida a la de la mayoría de los seres humanos.
Fui entonces capaz de escucharlo todo y supe
que el prójimo es imprevisible, a veces injusto y malvado.
Soporté insultos y dicterios a pie firme
y arribando a la senectud pude dar libre curso a mis pasiones.
 


Tu Fu lee poemas en la corte por Marco Martos
Los mandarines han invitado a Tu Fu a los salones de la corte.
El poeta lee sus versos ante el conjunto de funcionarios.
Las primeras filas están colmadas de mujeres que suspiran como antaño
oyendo las palabras recitadas con serenidad y sabiduría
que recuerdan amores de otro tiempo y de otra circunstancia.
Mientras habla, en las pausas, Tu Fu deja vagar sus ojos
hacia las últimas filas del recinto, desde ahí la dama Ping
le dice con gesto cómplice: eres atractivo,
todavía tus caricias son anheladas,
llévame contigo a los jardines
y bajo la luna llena deja que tus manos
se junten con las mías, desesperadas.
Cuando estallan los aplausos, Tu Fu queda anonadado
y luego se pierde entre flores y árboles,
aguardando a la deseada, adivinando sus ardores.
 

AUTOR : Marco Martos
JUVENTUD DE CONFUCIO POR MARCO MARTOS

No distingo entre el lado derecho
de mi cuerpo y el lado izquierdo.
Dicho de otro modo, también verdadero,
mi lado izquierdo es mi lado derecho
y mi lado derecho es mi lado izquierdo, siempre.
Sí, así es el cuerpo y lo comprendo
de golpe esta mañana,
cuando me levanto con el pie izquierdo
y el mundo sigue su marcha.
Las antiguas calles a la derecha de mi casa,
quedan a la izquierda de tus ansias.
Extraviadas veredas cuando llegan a las plazas
son sueños que galopan
hacia tus manos desquiciadas.
Tus manos son tus pies y tus pies
el humo de la nada.


Wang Wei, caminante



Cruza la montaña Wang Wei y por el riachuelo y sus cascadas

se interna en tierras ignotas.

Gorjean pájaros en las ramas verdes y marrones

del bosque de pinos.

Viajan a lo lejos los gansos que graznan desesperados

y se pierden en el horizonte.

Cielos rosados se hacen azules y luego negros

cuando termina el día.

Wang Wei es una sombra en la claridad vespertina

y luego un punto que desaparece

cuando todo es oscuro

y vuela lenta la lúgubre lechuza

dando círculos en el soto silencioso.

Cuando amanece, en el fondo del valle,
tañe una campana. 
AUTOR: Marco Martos
FASTOS DEL NUEVO EMPERADOR
POR MARCO MARTOS


Los gansos salvajes se pierden en la lejanía, camino del sur.
El nuevo emperador ha nacido en el campo y se precia de sus orígenes.
Ha recorrido la mitad del territorio, primero escapando
y después triunfante con sus huestes.
Ha sabido sumar la voluntad de los desesperados
con la mano maestra de los políticos curtidos que lo acompañan
y que le juran lealtad cada día de sus vidas.
Una gran manifestación lo recibe en la capital
y empieza un desfile interminable de civiles y militares.
Bailarines con antorchas como un enorme barco de fuego
cortan las olas de la noche y en medio de la algarabía
hay címbalos y trompetas y tambores.
El nuevo emperador sonríe: dientes impecables, guante de seda,
puño de hierro. Pasarán los años y será estatua, una gran estatua
en el centro de la plaza donde pululan los viandantes presurosos
con sus cámaras fotográficas y sus atuendos de todo el mundo.
A lo lejos, incólumes, graznan los gansos salvajes, camino del sur.



AUTOR : Marco Martos
LOS QUE HICIERON EL PALACIO

¿Cómo son los que construyeron el palacio?
¿De qué hablan? ¿Qué potajes comen?
¿Cuáles son sus sueños? ¿Cómo son sus aposentos?
Son personas cabales, simples, que se levantan con el sol
y que apenas balbucean cuando hablan del ying y del yang,
comen mijo, si acaso comen, una sopa de verdura a veces,
unas bolitas de arroz. ¿Sake? ¿Conocen el sake? Si lo conocen
y lo prueban el día del año nuevo lunar. Van a las lejanas canteras,
con picos y palas hurgan la tierra, las paredes de la montaña
y en filas interminables traen cal y canto, lianas, cañas,
al lugar de la edificación. Con enormes sombreros resisten los calores
en los días del estío y con tejidos de lana, raídos abrigos y enormes zapatones
cruzan los campos sembrados de nieve, lentos en las meses del invierno
y parecen incansables en su labor, pero caen rendidos y su sueño es pesado
hasta el amanecer. Se abrazan en silencio, tienen sus hijos, viven en cabañas,
en una sola habitación. Hacen demasiadas cosas de sol a sol.
En el palacio hermoso, en medio de sonrisas, cortesanos, doncellas, mandarines,
vive el emperador.
 


DOS POETAS
POR Marco Martos
 
Tu Fu lleva sombrero de bambú bajo el sol abrasador.
Cuando llega la noche los cielos se vuelven anubarrados
como un mar bituminoso en la colina de arroz.
El vate, delgado como una caña, enfermo de poesía,
balbucea versos ininteligibles mientras juega con el vaso de licor.
Abotagado, enfundado en su blanco camisón,
Li Po abre los ojos, brinda con la luna menguante,
brinda con Tu Fu, brinda con los oquedales distantes,
con sus flores amadas, las peonías, los hibiscos,
las hortensias, el solitario girasol.
Pasan las horas. Los dos hombres duermen plácidamente hasta el amanecer.
 


Marco Martos
Li Po, anonadado


¡Qué delicia!
la acompasada respiración de tus pechos
en la cálida noche del verano,
el fulgor de la luna solitaria en la bóveda celeste,
el rápido subir de las nubes
a las cumbres de la montaña,
y tus ojos negros, dama Lu, rasmillones de luz
en la oscuridad de los árboles,
y tu risa de pájaro anunciando los comienzos
de la eternidad en la tierra,
¡qué delicia!


Li Po, casi un tigre
AUTOR : Marco Martos

Esos monos que chillan en el centro del bosque,
ingrávidos sobre las ramas, en el ritual de los afectos,
se semejan a ti, leyendo poemas en los salones del palacio,
flotando en medio del aplauso de las damas con su polvos de arroz,
y ese tigre de la noche que salta sobre el lomo del caballo de repente,
se parece a ti, cayendo disparado sobre las ancas relucientes
de tu amada, en el lecho del insomnio de la aurora del amor.
 

CELOS DEL EMPERADOR POR MARCO MARTOS

Al amanecer, la deslumbrante concubina tibetana conversa en el jardín de las rosas
con un diligente ujier del palacio. A lo lejos se oye su risa de pájaro,
su alegría de flor que se abre en primavera,
En la alcoba real, el emperador Ho Chau, entre sueños,
siente el frío de una hoja de acero en las entrañas.
Decide, sin miramientos, apartar a la desleal, regresarla al Tibet
y reemplazarla por una muchacha suave y silenciosa,
una han, nacida en la capital del imperio,
de ojos rasgados y negros, pestañas largas, busto conveniente,
figura magra que esconde sus carnes generosas.
En la posada, rodeada de soldados que la escoltan,
en la larga tristeza del regreso, al atardecer, la concubina tibetana
escribe con sus pinceles: tengo al emperador Ho Chau
atravesado como una espina en la garganta. Quiere a otra.
¡Qué larga es la juventud de los hombres!



La Emperatriz mandarina

La emperatriz mandarina tiene amores,
muchos amores en los escondrijos de su corazón.
Los jóvenes llegan con los ojos vendados a la alcoba real,
la mujer los desviste presurosa, sin decir palabra,
y sigue callada mientras los besa con desesperación.
Sus favoritos son los mandarines ciegos que habitan
en el pabellón de plata, junto al estanque del placer,
y entre ellos prefiere al sordo mudo que es el príncipe de la lealtad.
Si alguno titubea y tiene una deficiente actuación,
al día siguiente se ve obligado a beber una pócima letal.
Los mandarines ciegos llevan una vida sana, divagan,
dictan sus ocurrencias a los videntes de estupendas caligrafías,
corren, nadan, beben agua corriente, mondan frutas,
comen pulpas y hollejos mientras esperan el anochecer.


BRAMA LA LLUVIA
AUTOR : Marco Martos

Brama la lluvia sobre los tejados del palacio,
los cielos plomizos caen con su furia inacabable.
Hay goteras en los establos y piafan, inquietos, los caballos.
Los riachuelos se hacen ríos de lodo y los arroyos cristalinos,
tumulto de aguas y piedras y sangre.
Pululan en los pasillos, inquietos, los cortesanos,
y los mandarines guardan sus plumas y tintas, desesperados.
En el fondo de la alcoba real, con gestos delicados,
la concubina de uñas verdes sirve te jazmín
al emperador angustiado.
¡Afuera llueve a cántaros!
y se han derrumbado paredes y mueren animales.
 

Goa por Marco Martos

Un buen día la dama Ping se marchó a Goa,
para sufrir, como estaba escrito en su mano.
Era necio el hombre con el que huía,
pero ella fue la última en saberlo.
Tu Fu con su oreja sorda subió a la alta montaña
y permaneció mucho tiempo
disfrutando del encanto exquisito de las nieves eternas.
Tiritando de frío pudo escribir sus versos más hermosos
que atraviesan las murallas invisibles de los siglos.
En su senectud fue un solitario,
un misántropo junco en el bosque de cipreses.
Ante sus amigos parecía desdichado,
un monarca destronado en su torre destruida,
pero había entrado al reino de los cielos
y tenía, en su lámpara azulada,
la parpadeante llama del afecto encendida




WANG WEI OBSERVA A SU AMADA
POR Marco Martos

Mientras tejes con los dedos tus greñas de alheña,
observo tus pendientes bailarines que vienen de las costas lejanas
y de mares ignotos allende las montañas,
y miro con infinita ternura tus brazos bajo la blusa de colores transparentes
que ha viajado en la faltriquera de los caminantes
que vuelven de los países bárbaros con el rostro cetrino,
calcinado por el sol, y las dunas y las planicies del desierto.
Pero tu gracia, que nació aquí, en estas tierras que riega el río Amarillo,
se asemeja a la delicadeza de la garza cuando abre los ojos
en el día que comienza. Y tus ojos se parecen a la noche,
delicuescentes, son gotas de lluvia en las hojas del durazno
cuando te sueño en la oscuridad y cada mañana.
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